Considero que la relación entre la sociedad abierta a la que servimos, con humildad pero con grandeza, y nuestra Orden, la imagen que se pueda percibir desde el exterior dependerá de nuestro comportamiento y de lo que hagamos los que formamos parte de ella.

Lo digo por el lamentable espectáculo que estamos dando a través de los medios de difusión, me refiero al cometido electoral, tratándose de que somos una Orden iniciática con una esencia de contenidos, que percibo algunos han olvidado, anteponiendo los intereses del ego a los de la propia institución.

La imagen de quién yo creo que soy, me refiero al yo duende, comenzó en nuestra mente cuando el pensamiento se hizo con el control y ensombreció la natural y simple satisfacción de estar en contacto con el GADU, el Ser, con Dios, o como cada uno lo conciba.

Si nos observamos, sea cual sea la conducta que el ego exhibe, de manera disimulada en todos los ámbitos de la sociedad, es siempre la misma: de considerarse imprescindible, de poder, de ser especial, de destacar, de tener el control, de atención, de aferrarse al cargo, de sentir una oposición, de adversos, etc.

Este nivel de ego continuamente desea de los demás o de las situaciones en que en cada momento se encuentra, con una motivación oculta, de sentir una insuficiencia, de todavía no es bastante, de insaciabilidad que tiene que llenar. El personaje de este tipo de ego utiliza a las instituciones, a la gente y a las situaciones para perpetuarse en su posición, para conseguir sus objetivos personales, e incluso cuando lo logra, jamás queda satisfecho por su vanidad, por cierto engreimiento muy explotado en la sociedad para rellenar aquello de lo que se carece.

A menudo en este comportamiento del ego cuando se ve frustrado en conseguir sus objetivos, se abre una grieta entre “lo que yo quiero que sea” y “lo que los demás no quieren que sea”. Esta situación se traduce en una constante fuente de confrontación, resentimiento, angustia y también preocupación.

La emoción fundamental que dirige toda la actividad del ego es el temor. O sea, el miedo a no ser nadie y a no poder continuar con su posición.

Y ¿por qué el recelo? Porque éste se origina en la identificación con el papel que está representando, con lo externo, la posición y en el fondo sabe, aunque no quiere reconocerlo, que ninguna situación, servicio o experiencia es permanente, que todas son transitorias. Por lo que, siempre hay una sensación de inseguridad en el ego en perder la posición que se tiene, aunque manifieste que está lleno de confianza.

La irracional sobrevaloración de ejercer un cargo u oficio de servicio, que es temporal, es una de las muchas manifestaciones de lo que llamamos en criminología “locura egótica”. Es decir, cuando las personas se identifican con la ficción colectiva, rodeada por gente que sustenta e hincha su ego, y comienzan a verse a sí misma como únicas, indispensables y superiores, tornándose incapaces de tener unas relaciones auténticas con los demás.

Así que cuando somos conscientes de que todas las situaciones o estructuras son eventuales en el tiempo y las aceptamos con plena naturalidad, surge la paz en nuestro interior por haber cumplido con nuestro servicio, permitiendo así el flujo normal de acceso de otros Hermanos a nuevas etapas de crecimiento progresivo enalteciendo la Orden.

Marbella, 25 de febrero de 2018
R.H. José Carrasco y Ferrando